EL NUMERO KAIFMAN

Oportunista, pero democrático blog, para hablar de esta novela sobre una conspiración ancestral que puede cambiar el destino de la humanidad... al menos según el tagline de la editorial.

viernes, febrero 16, 2007

DELETED SCENE: LAGO RANCO


POR ACA DEBERIAMOS comprar, pensó Teresa Ocampo al ver desde la camioneta de su marido, la forma en que la costa lacustre se doblaba en una pequeña bahía sobre la superficie del Ranco. Cerca de Futrono y Valdivia, mirando las islas del lago, siguió pensando y puso su mano sobre la de su joven esposo, que pasaba el motor del vehículo a segunda para aumentar la fuerza y así seguir trepando hasta la parte alta del camino.
-¿Falta mucho?-, le preguntó.
-Tu me quisiste acompañar-, le respondió su marido.
-No estoy reclamando, sólo te pregunté que cuanto faltaba.
-Está un poco más adelante, por esos cerros que se ven allá. Ahí volvemos a bajar al lago y listo. Te mueres cuando veas la casa.
Ignacio Ide sonrió pensando en la comisión que los gringos le iban a dar por el negocio. Hace dos años, cuando egresó de Agronomía en la Universidad de la Frontera de Temuco, jamás pensó que iba a dedicarse a detective de tractores viejos. Pero como decía su mejor amigo, así son las cosas, la vida tiene más vueltas que una oreja. Además le pegaban bien, mejor que en cualquiera de las empresas agroindustriales donde había dejado currículum. Y de regalo podía escoger la camioneta que le pareciera más útil para el trabajo, lo que era especialmente valioso para alguien que desde niño había gustado de los modelos americanos, grandes y gastadores. Daba lo mismo, total la bencina también era gentileza de los patrones. Sabía que Teresa soñaba con una casa por esta zona, junto al Ranco. Si las cosas seguían en su actual ritmo, tal vez podría dársela en menos de año y medio. Miró a su mujer y le sacudió el cabello. Era linda, incluso más que cuando la conoció, hacía cada vez más tiempo en una fiesta con gente de Servicio Social de su misma universidad.
La Ford F-150 de Ignacio Ide cruzó bajo una alameda joven y enfilo hacia la casa patronal del fundo Santa Silvana de Futrono, encaramada sobre una loma vigilante sobre el espejo de agua del Ranco. El lugar era como un castillo europeo, como una postal vieja pensó Teresa, mirando las apacibles formas del lugar.
-Te dije que te iba a gustar-, le comentó su esposo.
-¿Vamos a esa casa?
-No, donde don Germán, el administrador. El vive por el otro lado.
Una camioneta idéntica a la de Ignacio aparecía estacionada frente al caserón del fundo. El patrón vino por el fin de semana, pensó el joven agrónomo mientras manejaba hacia al otro lado del caserío.
La vivienda del administrador del fundo también miraba al lago. Teresa la reconoció como una de esas casas prefabricadas que una empresa canadiense traía armadas bajo el compromiso de levantarlas en menos de dos semanas. A Ignacio le gustaban, ella las encontraba un horror y desde que estaban juntos había luchado porque ese gusto abandonara la cabeza de su esposo. Viéndola resultaba evidente que la habían puesto sobre donde alguna vez hubo una construcción más vieja. También que parecía un injerto de modernidad clavado en un espacio pegado en tiempo pasado. Bodegones grises, un antejardín con plantas viejas, arbustos desteñidos y una gruta con una Virgen de Lourdes enmarcada en una corona de velas baratas no tenía nada que ver con ese chalet de dos pisos en estilo georgian, pintado de gris con marcos de madera blanca.
-Espérame en la camioneta-, le dijo Ignacio, mientras bajaba del vehículo y caminaba a la puerta de la casa.


EL PERRO se llamaba Kiper y era una heterogénea cruza entre pastor alemán y algún tipo de callejero. Vino apenas Ignacio Ide tocó la puerta de la casa de don Germán y corrió ladrando y lanzando dentelladas contra el joven agrónomo. “No hace nada, no le haga caso. Está viejo y le gusta hacer escándalo, lo tengo hace diez años conmigo”, le dijo el dueño de casa apareciendo desde el patio trasero, poco más atrás del perro. “¡Kiper, venga!”, lo llamó. “Ve, en el fondo es un cabro chico”, comentó mientras el animal volvía hacia él con la cabeza baja y la cola agitándose de un lado a otro.
-Pero sabe dar un buen susto-, comentó Ignacio.
-Ni que lo diga. Lo esperaba más temprano.
-Temuco no está tan cerca.
-Eso es cierto, ¿cómo estuvo el viaje?
-Sin novedad.
-Me alegro.
-¿Habló con su patrón?
-Como le dije por teléfono, Don Erwin me dio autorización para todo. Dijo que hiciera lo que quisiera con la maquinaria y hasta me regaló lo que usted ofrece por él. -Yo no, don Germán, los gringos…
-Mejor así, es bueno sacarle plata a los extranjeros.
-Eso dicen.
-Venga don Ignacio, por acá está, detrás de ese bodegón. Sígame. Kiper, sale… -, golpeó fuerte contra sus pantalones, el perro levantó la cola y escapó corriendo hacia el viejo deposito, junto al silo de cereales.
Teresa Ocampo imaginaba que el administrador del fundo era un hombre mayor, un viejo de confianza de unos sesenta o setenta años, como personaje de esos cuentos chilenos que la obligaban a leer en el colegio. Pero no, el tal Germán era bastante más joven, no tendría más de cincuenta años. Era alto, gordo y usaba un gran sombrero de ala, como de vaquero de filme de bajo presupuesto.
-Tere, ven-, la llamó su marido. –Trae mi carpeta y el computador-, le pidió. Ella se volteó hacia el asiento trasero, tomo los papeles de trabajo de su esposo, cubiertos por una tapa de cuero duro con el logo de la empresa y la laptop IBM. Quitó la llave del vehículo, bajó y activo la alarma. Las luces de la F-150 parpadearon dos veces.
-Don Germán, mi señora, María Teresa-, presentó el agrónomo.
-Hola-, saludó ella.
-Un gusto señora, Germán Landeros para servirle-, respondió el administrador, quitándose el sombrero.
-Toma-, le pasó los papeles y el computador a su esposo.
Caminaron hasta la vieja techumbre que era lo único que quedaba del antiguo bodegón grande del fundo. Una gata gorda y grande, manchada en la espalda maulló al verlos llegar y luego trepó hasta la parte más alta de la construcción. Teresa pensó que podrían tener un gatito en casa.
-¿Es suya?-, le preguntó a don Germán.
-La Clara es de todos, está embarazada.
Kiper reapareció junto al grupo y empezó a ladrar contra la gata, intentando en vano subirse a los sacos. Clara se estiró sobre una viga en la parte más alta del bodegón y no hizo mayor caso a los escándalos del viejo perro.
El tractor estaba tirado en el fondo del bodegón, tal cual Ignacio Ide lo había descubierto hacia ya un par de semanas. La única diferencia es que ahora estaba cubierto por una lona sucia y deshilachada.
-Lo cubrí para que no le cayera más polvo y los animales no siguieran usándolo de baño-, dijo don Germán.
Y porque ahora sabe que va a ganar buen dinero con él, pensó Ignacio Ide, mientras contestaba: “Veamos si todo está en orden, entonces”.
-Usted manda Don Ignacio.
Teresa siguió a su esposo hasta la vieja máquina, cruce entre chatarra mecánica y esqueleto de algún tipo de bestia prehistórica.
-Ábrame el motor, por favor-, pidió Ignacio. El viejo quitó la lona, soltó el seguro y abrió la puerta del interior del tractor, como si fuera el ala de una gaviota. Fierros ancianos y oxidados chirriaron agudos y asustaron a Kiper, quien escapó corriendo y no regresó a la escena. Ide le pasó a su mujer los papeles y sentándose en un cajón abrió el computador. Esperó a que el IBM Thinkpad cargara el sistema operativo e hizo doble clíc en el único archivo excel que flotaba sobre el escritorio.
-¿Qué modelo me dijo que era?-, le preguntó al administrador del fundo.
-Aquí dice Bulldog 1944-, leyó el viejo en el motor de la máquina.
-Bulldog L 1944-, leyó el agrónomo en la pantalla del notebook.
-Eso.
-¿Puede leerme el número de serie del motor?
Teresa Ocampo miraba todo sin entender nada, hasta donde sabía su esposo trabajaba con plantaciones y cosechas, no de mecánico.
-…
-¿La encontró?
-Espere, don Ignacio, es que está por debajo del motor.
Don Germán se encaramó sobre la máquina y se asomó a la parte más interna del jubilado corazón del tractor construido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
-L-, empezó a decir con dificultad el viejo. –511 221-, luego repitió: -L 511 221. ¿Le sirve?
El marido de Teresa Ocampo abrió una segunda hoja de su planilla de cálculo y verificó que los datos coincidieran con lo apuntado.
-Sí don Germán, me sirve-, dijo.
-¿Entonces estamos?
-Usted lo dijo, estamos.
Era el tractor número doce que Ignacio Ide conseguía desde que empezó a trabajar para los gringos. No podía quejarse. No era una labor difícil. Al menos no después del dato inicial, que era lo que más demoraba. Pero a ellos los atrasos parecían no preocuparles, desde el inicio le dejaron claro que por ahora tenían todo el tiempo del mundo. Un proyecto excéntrico de museo de la agroindustria en Australia y la necesidad de rastrear todos los tractores de un determinado número de serie construidos en Alemania entre 1941 y 1946. Eran escasos, ahora costosos y estaban dispersos por los campos del sur chileno y argentino. El estado de las cosas en la Alemania tras la caída del 3º Reich bajó sus precios a un nivel ridículo y los convirtió en maquinaria económica, perfecta para el desarrollo agroindustrial de los dos países más australes de Latinoamérica. Los años los convirtieron en algo así como pequeñas joyas históricas, material de museo, curiosos objetos de deseo para millonarios con mucho tiempo libre. Y pagaban bien por esas chatarras. No tanto como a él por rastrearlos, pero si lo suficiente como para que el siempre ocupado administrador de un fundo cercano al lago Ranco le robara tiempo a su trabajo para dejar lo más presentablemente posible un tractor abandonado hacía más de tres décadas.
-¿Y ahora qué hago?-, le preguntó a Ide.
-Le voy a pasar unos papeles que tiene que firmarme y después esperar. A más tardar dentro de la próxima semana va a venir un camión a buscarlo, ellos lo van a llamar antes.
-Perfecto.
Ignacio Ide cerró el laptop y lo dejó en el suelo, junto al cajón que usaba para sentarse. Tomo la carpeta con documentos, la abrió y cogió un par de planas escritas por una cara, con el sello de la empresa marcado en la mitad superior de la hoja.
-Necesito que me firme aquí-, indicó, -ambas copias. Es una pura formalidad, usted entiende, es para entregarle el cheque sin problemas.
El viejo agarró las hojas y sin leerlas las firmó.
-Listo-, le dijo. Ide agarró los papeles y los depositó dentro de la carpeta, luego tomó un sobre blanco y alargado y se lo entregó al administrador del fundo Santa Silvana.
-Cuentas claras conservan la amistad-, le dijo.
Don Germán tomó su pago y lo revisó, todo estaba bien.
-Don Erwin tenía dos más de estos tractores, pero los vendió como fierro viejo, de haber sabido. Pero por acá cerca, en los fundos de la zona hay varios más, yo mismo los he visto. Si quiere le averiguo por ahí y le pego unos telefonazos.
-Se lo agradecería.
Ambos hombres se miraron, la esposa del más joven de ellos jugaba con la gata del lugar.
-Entonces estamos, vamos Tere-, dijo Ignacio. Ella le sonrió y siguió a su marido que se adelantaba con don Germán hacia la camioneta estacionada fuera de la casa.
-¿Don Germán?-, le preguntó ella al administrador del fundo. –Disculpe que sea tan curiosa, pero su casa es de esas prefabricadas canadienses.
-Si señora, la antigua estaba toda podrida y don Erwin pensó que era más rápido y barato comprar una de estas. No se demoraron nada en levantarla.
-¿Dos semanas?
-Menos, como ocho días, señora linda.

1 Comments:

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